10 mar 2009

Sin peces, ni panes

Por: Cristian Pérez desde Uruguay*


Los lugareños se preparan para celebrar la noche de Lemanjá. Diosa, dueña del muelle y señora de los peces. Indomable y astuta como el mar. Cuando el oleaje, de izquierda a derecha, traslade las ofrendas, también se llevará el suplicio de los pescadores que sortearon infinitas horas de temporales, pero nunca tan crueles como las actuales.
La brisa fresca del Atlántico arremete contra los barcos pesqueros de trasmallo que reposan en la arena del poblado de Punta del Diablo, ubicado en la costa del departamento de Rocha. Las chalanas, que no superan los 10 metros de eslora, son utilizadas para la pesca artesanal. Esperan volver a deslizarse por las aguas verde azuladas del mar uruguayo. Desde 1942, cuando algunos pescadores se recostaron sobre estas bahías que forman una especie de “tridente”, alrededor de 10 kilómetros de costa, jamás pensaron que la pesca sería escasa: “Al mar no hay que temerle, pero hay que respetarlo. No se puede abusar de él”, nos dice Jorge Acosta, cuando su mirada intenta alumbrar el límite de espuma que forma la orilla del océano. Este pescador, de manos curtidas por el salitre y el frío, que abrazó el oficio de pescador por necesidad, pero también por curiosidad. Comenzó hace 46 años a faenar en tierra y a los 14 años, ya se había convertido en patrón de pesca. “Halar las redes, te mata la columna”, nos relata sufriendo la nostalgia de los que perciben al mar como un compañero o un amigo.
Por el desgaste físico que demanda la pesca, ésta actividad es considerada uno de los trabajos más insalubres, luego de la labor minera. Actualmente, en éste pueblo costero, sólo tres familias viven de la pesca y en las últimas décadas disminuyeron las ventas por el escaso consumo en el país. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) el consumo anual es de 6,74 kilos per. cápita, y a nivel mundial, el consumo promedio es de 13 kilos.1
En la pesca artesanal, la corvina es la principal especie desembarcada, aunque en los últimos tiempos disminuye en toneladas debido a la sobreexplotación de barcos “factorías” y pesqueros palangreros que cargan más de 120 toneladas. La falta de controles y la contaminación hace que los barcos brasileros desplieguen miles y miles de metros de redes rompiendo los pisos y los comederos sobre la plataforma marítima uruguaya. Estas embarcaciones forman un embudo que atrapa todo tipo de pescado, quedando los peces más pequeños, sin desovar, aplastados y machucados en las redes.
Por otro lado, el calentamiento global y la tala de árboles en la zona Amazónica originan lo que los paisanos llaman: las “mareas rojas, fenómeno producido por las altas temperaturas que pudren las algas y los vivadlos afectando a los mejillones y las almejas. Además coexisten con un barro que no se sabe de dónde proviene y afecta a las agallas o bronquios de los peces, describe Jorge, y que se atribuye a una posible perdida de combustible de la petrolera que reside en José Ignacio, a unas 70 millas de Punta del Diablo. “Se ha reclamado a través de diferentes grupos, Organismos No Gubernamentales, pero desgraciadamente los que están gobernando no te dan pelota”, agrega, señalando con su brazo izquierdo el horizonte. Allí, donde despacio se acercan las rompientes de las olas.


Pescando comía un pueblo

Hay tiburones que están al borde de extinguirse. Se les cortan las aletas y luego son tirados al agua por su poco valor comercial. Las extremidades de éste pez de aguas calidas son muy codiciadas por el mercado japonés para su utilización afrodisíaca. Según el informe de la Dirección Nacional de los Recursos Acuáticos (Dinara) existe una sobreexplotación de las principales especies de merluza, corvina, tiburón y pescadilla desde 1980, año en que se alcanzó el máximo histórico de 147.000 toneladas desembarcadas en el país. Esto provocó la diversificación de las capturas derivándolas hacia el calamar, la raya, el pargo blanco, el cangrejo rojo, entre otras especies antes descartadas.
“Nosotros siempre vivíamos de la pesca. Éramos 10 ó 12 ranchos. Antes se pescaba la corvina desde la orilla y ahora hay que adentrarse varias millas en el mar para pichuliar algo”, hace saber y añade: “La depredación y la contaminación de las aguas dejó mares sin pescados. Esta realidad es muy dura”.
Ya no se hallan las redes repletas de peces. En vano largan y esperan que reposen las mallas, sin siquiera llegar a cubrir los gastos de combustible: “Hoy no vamos tanto al mar, porque no te paga la pesca.”
Los ojos de este “viejo” lobo de mar reflejan la marea calma y tranquila. También nos cuenta con desazón aquellos rastros del quehacer cotidiano: “Lo que pasa es que nos especulan con los precios y siempre gana más el comprador que el que pesca. Estamos explotados y para colmo, otros imponen los precios. Gana el intermediario porque te pone el filetero, el frío y el flete. Y el almacenero que lo va a vender, va a tener que ganar también. Y eso es mucho más de lo que te pagan. El marinerito, va muerto. ¿Como no sé va a extrañar otras épocas? Sí, siempre andábamos con algún peso en el bolsillo”.
Hoy hay muchos lugareños que se están yendo de Punta del Diablo porque para los más jóvenes no es provechosa la pesca. A duras penas se sobrevive a la temporada de verano vendiendo alguna corvina o tiburón “Cazon”. “Ya no hay gente para trabajar. Para la juventud no es rentable. Prefieren trabajar en la construcción y no salir al agua”.
“Yo tengo un hijo, pero no trabaja en la pesca y tampoco me hubiese gustado que lo hiciera. En ésta época no. Por suerte, no”, dice susurrando. “Esto es culpa de la “picata” del progreso. El turista busca tranquilidad, pero no sabe lo que nos sucede. Este pequeño poblado, en invierno pasa hambre. Llegan las barcas y la gente te pide pescado y hay que dar, porque hay hambre. Tenes que regalárselo. No podes decirles que no. Pescando come el pueblo; las criaturas y los viejos”.


*Entrevista: Cristian Pérez y Daniel H Vaca Narvaja

1-Mariana Scasso. Nota: “Con la red vacía”, Diario: El País. Uruguay


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