15 abr. 2010

La última caracajada de Franco

Por Luis Hernandez

El de la voz declara, en pleno uso de sus facultades mentales, que es mexicano por nacimiento, hijo de exiliados republicanos, y que carece de pasaporte español, pero que, muy probablemente, debido a que a lo largo de su vida escolar cantó durante años, cada lunes por la mañana, el Himno de Riego y saludó la bandera de la República española, con los colores rojo, amarillo y morado, junto a la mexicana verde, blanco y rojo, le parece que es una canallada la pretensión de proceder judicialmente contra el juez Baltasar Garzón por el delito de prevaricación en su intento de juzgar los crímenes del franquismo.
Asimismo reconoce, para que nadie se llame a engaño, que el 20 de noviembre de 1975, junto con sus compañeros, amigos y familiares, descorchó jubiloso las botellas de cava que llevaban varios días enfriándose para celebrar la muerte del generalísimo. Que durante su juventud escuchó cómo los dedos índices de varios refugiados disminuían paulatinamente de tamaño de tanto golpear la mesa asegurando que “este año se muere Franco”. Que en esa fecha había motivos suficientes para festejar no obstante que el chacal murió en la cama, pues su régimen había entrado en declive desde el ajusticiamiento de Carrero Blanco y las luchas por la democracia en las calles y las fábricas. Que le dio enorme risa enterarse de que a las 10 de la mañana de ese día un lloroso Carlos Arias Navarro leyó en televisión española el testamento del dictador, en el que advertía: “No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización están alerta”. Y que nunca sintió nostalgia de una patria que no era la suya, sino de una causa a la que todavía no le llega la hora porque en su lugar se instaló una monarquía: la restauración de la República española.
El declarante asegura que la figura de Baltasar Garzón le resulta incómoda y ambigua, pero que no puede dejar de reconocer positivamente la intención del juez de dar satisfacción, desde el ejercicio jurisdiccional, a familiares víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura de Francisco Franco que no aceptan que los restos de sus ancestros sigan sin identificar en fosas comunes. En España –no se puede olvidar– hay más de 120 mil desaparecidos.
Se le complica evaluar la trayectoria del togado porque, mientras para unos es un desinteresado luchador contra la injusticia y el terrorismo que merece recibir el Premio Nobel de la Paz, para otros viola derechos humanos elementales y realiza su labor con exhibicionismo y de manera sesgada, particularmente en el caso del País Vasco. Los defensores de ambos puntos de vista han presentado evidencias que apuntalan su dicho.
Al de la voz le parece una amarga ironía que, a casi 35 años de la muerte del “caudillo de España por la gracia de Dios”, la Falange –el partido fascista–, el sindicato ultraderechista Manos Limpias y la organización Libertad e Identidad hayan sentado en el banquillo de los acusados al magistrado que intentó que se juzgara a las autoridades responsables de los enormes crímenes cometidos por el régimen dictatorial de Francisco Franco; al único juez que se ha atrevido a cuestionar la Ley de Amnistía, norma que Naciones Unidas ha pedido derogar. Los herederos del franquismo y los defensores de su memoria están de manteles largos.
Al declarante le provoca enorme suspicacia que –como ha documentado Vicenç Navarro– el Tribunal Supremo que ha puesto a Garzón contra las cuerdas esté presidido por un juez que en su día juró lealtad al movimiento fascista, y que el togado que dio luz verde al proceso sea el magistrado Adolfo Prego, patrono de honor de la fundación de ultraderecha Defensa de la Nación Española, quien será el que redactará la sentencia final.

En el reino de España hubo una amnesia sobre el pasado franquista que obsequió una amnistía a los criminales que detentaron el poder durante décadas. La clase política y una parte del mundo intelectual renunció a mirar hacia atrás y optó por sólo ver hacia adelante. Mientras, los rojos se volvieron rosas, los franquistas se transformaron en “demócratas”, los falangistas se convirtieron en empresarios y los conservadores se disfrazaron de progesistas sin remordimiento alguno. “Rectificar es cosa de cuerdos/si te he visto no me acuerdo”, cantaba Joaquín Sabina. Pero hoy resulta evidente: el pasado negado se ha apersonado en la sociedad y la política española para reclamar justicia, y la impunidad ha respondido exigiendo su continuidad en el timón de mando.

Probablemente porque era ya una momia aún en vida, el entierro de Franco estuvo lleno de absurdos: hicieron falta varios días de ensayos para poder conducir las pompas fúnebres; uno de los dolientes cayó a la tumba y quedó inconsciente; salvo Augusto Pinochet, ningún jefe de Estado importante acudió al funeral; los funcionarios del Valle de los Caídos sudaron la gota gorda para encontrar una lápida que estuviera a la altura de la que cubría la tumba de José Antonio. Por ello, el de la voz cree que, ante la desmesura del caso Garzón, a 35 años de distancia de su muerte, el caudillo, en un acto de venganza, se ríe a carcajadas desde su sepulcro: la justicia del reino de España no castiga a los responsables de las desapariciones criminales, sino a quien las investiga. Señal de que es hora de volver a restaurar la República.

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